Jun 24 2008
La capital del mundo
Londres, más que una ciudad, parece una aglomeración de pequeños pueblos. Ya me lo había comentado alguien, y también lo había empezado a notar las últimas veces que había venido de visita y me había adentrado más allá del centro. Aun así, tras dos semanas aquí, todavía me descubro a veces sorprendido de estar en pleno Oxford Street, donde me resulta imposible andar a mi ritmo, y un momento después estar en una calle completamente desierta; o en mi barrio, que pese a estar cerca del centro y tener cierto movimiento me recuerda mucho más a Molins de Rei que a Barcelona capital.
Otra cosa que he notado en Londres, al menos en las zonas por las que me muevo, es que aquí tienen una cosa llamada paso de cebra. Creía que no volvería a ver uno en mi vida. Bueno, vale, exagero: en Wakefield había algunos pasos de cebra, pero incluso en el centro había varias calles por las que siempre pasaban coches y sin embargo no había un paso de cebra a la vista. En ese sentido, Wakefield era un poco la ley de la selva. A veces incluso me pitaban los coches si se me ocurría cruzar cuando disminuía un poco la circulación, porque les hacía perder los dos valiosos segundos que me llevaba cruzar. La falta de pasos de cebra daba especial rabia los días de lluvia: una persona sentadita y calentita en su coche tenía preferencia frente a mí, mojado y helado.
Eso sí, en Wakefield la gente era bastante más ordenada al coger el bus: había que hacer cola y la inmensa mayoría de la gente la respetaba. Aquí en Londres es un sálvese quien pueda. El autobús para donde al conductor le parece más bonito y la gente entra a la que puede, sin esperar a nadie. En esto Londres se parece más a Barcelona que a Wakefield o Cambridge, donde también viví una temporada.
El transporte público es carísimo. Viajar en autobús me cuesta 90 peniques cada vez, y el metro vale 2 libras por trayecto. No hay billete integrado como en Barcelona, por lo que si decido ir a un sitio combinando autobús y metro tengo que pagar casi 3 libras. Claro, con la Oyster nunca me cobrarán más de 5 libras al día, pero aun así sale caro y suelo decantarme por ir en autobús a todas partes. Tengo la suerte de que todo lo mal que va el metro en Londres se compensa con lo bien que van los autobuses: la frecuencia es excelente y llegan a todas partes. Eso sí, pronto empezaré a comprarme abonos mensuales, pero como todavía me suelo apañar con dos autobuses diarios no me sale a cuenta.
Lo que más me gusta de Londres es, claro, su oferta cultural, sobre todo en cuanto a galerías fotográficas y artes escénicas. Eso sí, todavía tengo pendiente ir al teatro. Ya tengo casi decidido qué obra veré primero; falta encontrar alguna ofertilla como aquella con la que me planté en la cuarta fila de la Royal Opera House por 10 libras. Tampoco he ido todavía a ningún concierto, pero alguno acabará cayendo.
Hoy iba hablando con mis padres por teléfono mientras me dirigía a Oxford Street y casi no me creía que estoy viviendo aquí y que pasear por esa calle ahora me resulta casi cotidiano… Jamás pensé que acabaría aquí, y menos tan pronto.
Insertar aquí una parrafada apasionante sobre el porqué de todo esto. En realidad la tengo escrita desde hace meses, cuando empecé a plantearme rescatar el blog, pero como tampoco tengo muy claro si esta vez finalmente conseguiré hacer algo con esta página de lo que esté satisfecho, mejor ir viendo qué pasa sobre la marcha.