Hay varias cosas que ayudan a uno a sentirse como en casa pese a, supuestamente, estar lejos.
Ayuda identificarse culturalmente con tu nuevo hogar. Yo no me siento inglés o británico ni creo que me lo sienta nunca, pero tengo mis cositas. Por ejemplo, mis dos series de televisión favoritas son británicas, y durante mi aburrido año en Wakefield a veces me animaba el hecho de que aquí tanto Torchwood como Doctor Who se emiten en horario de máxima audiencia y salen continuamente en las revistas. El otro día incluso me planté en un concierto de Doctor Who por 5 libras, lo que me permitió ver de cerca a dos actrices a las que adoro: Freema Agyeman (Martha Jones) y Catherine Tate (Donna Noble, aunque esta mujer no necesita presentación en Gran Bretaña).
También ayuda que tu nuevo hogar sea interesante. En esto ahora mismo voy sobrado. Quien se aburre en Londres es porque quiere. Exposiciones fotográficas gratuitas, entradas tiradas de precio para el teatro y la ópera (aunque a veces haga falta saber un par de trucos), cine por 3 libras los martes a un cuarto de hora de casa… Si es que nos falta tiempo (y un poquito de dinero, también) para hacerlo todo.
Por supuesto, sobra decir que lo que me tiene verdaderamente atado a mi nuevo hogar es tener a alguien a mi lado. Despertarme a las 4 de la mañana muerto de miedo después de una pesadilla y que alguien me abrace hasta que me vuelvo a dormir, por poner sólo un ejemplo. Si eso no me ayudase a sentirme como en casa, no sé qué lo haría…
Sin embargo, por mucho que uno tenga todas estas cosas, hay otras muy importantes sin las que uno se siente rechazado.
Mis primeros meses en Inglaterra, por ejemplo, el banco no quiso darme siquiera una tarjeta de débito. Esto me hizo sentirme como si me estuvieran diciendo que no pertenecía aquí, que me volviera a mi casa, y de hecho durante un tiempo ése fue mi plan. Luego de repente no sólo me dieron una tarjeta de débito sino incluso una de crédito. Aunque todavía les guardo un poco de resentimiento (durante esos meses no se ganaron un cliente leal precisamente), el hecho de que por fin tenga mis propias tarjetas con chip me hace sentir que ya encajo un poquito más en esta extraña isla.
Cuando vivía en Wakefield todo estaba organizado de manera muy temporal. Mi trabajo y el alquiler, que iban muy ligados, tenían una fecha de caducidad clarísima. Mi móvil era de saldo, y ni siquiera me compré uno nuevo, aprovechando que había liberado uno viejo cuando estuve en Marruecos. Tampoco me registré con ningún médico, pensando que cualquier cosa ya me la haría mirar en Barcelona.
Ahora no me sería tan fácil coger los trastos y volverme a Barcelona. Trabajo de lo mío con varias agencias, me gusta lo que hago y cada vez me van saliendo más clases; esto en Barcelona tardaría más en conseguirlo. No tengo alquilada una habitación en un pueblo perdido, sino un piso en Londres, ¡en Londres! Ahora mi móvil es de contrato, y por unas pocas libras al mes tengo más minutos y mensajes de los que puedo gastar y uso ilimitado de internet (¡tengo Google Maps en el móvil!). Además, J me ha obligado a registrarme con su médico, y ya se me ha acabado el cuento de la beca y estoy pagando impuestos (qué ilusión).
Pero no todo es tan fácil. Hay algo que sigue causando problemas y que creo que nunca cambiará. Estoy hablando, por supuesto, de mi nombre.
El otro día deletreé mi primer apellido a alguien por teléfono y luego me llegó una carta a nombre de Mr Samuel Risuudz, que estéticamente no es tan feo pero por favor… Por no hablar de cuando me llegó mi primera tarjeta para el cajero, donde mi nombre constaba como RA SAMUEL. Una cosa es que te tomen por un dios egipcio y otra que no entiendan que si has escrito dos palabras en “surname” y sólo una en “name” a lo mejor es porque tienes dos apellidos y sólo un nombre, no porque no entiendas el mismo idioma en el que has rellenado correctamente el resto del papeleo. ¡Y más cuando Samuel también es un nombre común en inglés!
Sin embargo, el otro día me llevé una sorpresa. Fui con J a STA Travel a reservar asientos para el Eurostar (¡será mi primera vez!) y cuando la chica estaba acabando la reserva me dijo: “Lo siento, pero por alguna razón tus dos apellidos salen juntos en el billete, no me deja escribirlos por separado”. Mientras le explicaba que no pasa nada, que en los billetes de avión pasa lo mismo, no pude evitar sonreír por dentro al darme cuenta de que al menos una persona en este país sabe que si escribo más de un apellido, a lo mejor no es porque me he equivocado.
Eso sí, luego nos dimos cuenta de que no nos había reservado los asientos juntos y tuvimos que ir a cambiarlos.